MONICION AMBIENTAL
M. El banquete de
la Palabra de este domingo nos habla del valor de la fe. La fe, don
sobrenatural que recibimos en el bautismo, nos conduce más allá de nosotros
mismos, nos conduce a Dios, para que vivamos según la verdad que el Señor nos
ha revelado. Hemos de servir en la Iglesia como podamos y hasta donde Dios nos
permita, agradecidos por la gracia de poder servir en su Reino.
ORACION COLECTA
Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso
desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros
tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos
conceda aun aquello que no nos atrevemos a pedir.
Por nuestro señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
M. El profeta
Habacuc recoge un gran principio para el creyente: el justo vive de la fe. La
fe fundará al pueblo de la nueva y eterna alianza.
Lectura de la profecía de Habacuc 1, 2-3;2,2-4.
¿Hasta cuándo
clamaré, Señor, sin que me escuches?
¿Te gritaré: «
Violencia», sin que me salves?
¿Por qué me haces
ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas,
se alzan contiendas?
El Señor me
respondió así:
«Escribe la
visión, grábala en tablillas, de modo que se lea corrido.
La visión espera
su momento, se acerca su término y no fallará;
si tarda, espera, porque ha llegado sin retrasarse.
El injusto tiene
el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.»
Palabra de Dios.
SALMO RESPONSORIAL Sal 94, 6-7. 8-9 (R.:8)
M. El salmista nos
invita a escuchar la voz del Señor, nos pide abrir nuestro corazón a su amor.
Digamos: R/. Ojalá escuchéis hoy la voz
del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»
Venid, aclamemos
al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia
dándole gracias, aclamándolo con cantos. R/.
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»
Entrad,
postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro. Porque él es
nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que el guía. R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro
corazón.»
Ojala escuchéis
hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en
el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque
habían visto mis obras.» R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»
SEGUNDA LECTURA
M. San Pablo
exhorta al obispo Timoteo a vivir con fe y amor, trabajando por el Evangelio,
reavivando el don que recibió a través del sacramento del orden sacerdotal.
Lectura de la segunda carta del apóstol San
Pablo a Timoteo 1,6-8.13-14
Querido hermano:
Reaviva el don de
Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un
espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.
No te avergüences
de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero.
Toma parte en los
duros trabajos del evangelio, según la fuerza de Dios. Ten delante la visión
que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor en Cristo Jesús.
Guarda este
precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.
Palabra de Dios.
M. San Lucas
recoge la petición de los apóstoles para que el Señor les aumente la fe. El
Señor los invita a crecer en ella y confiar en la acción Providente de Él, que
da crecimiento y perfección a su Reino.
ACLAMACION ANTES
DEL EVANGELIO
Aleluya 1P 1,25
La palabra del Señor permanece para siempre; y esa
palabra es el Evangelio que os anunciamos.
EVANGELIO
† Lectura del santo evangelio según san Lucas
17, 5-10.
En aquel tiempo,
los apóstoles le pidieron al Señor:
―« Auméntanos la
fe.»
El Señor contestó:
―« Si tuvierais fe
como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz
y plántate en el mar.”
Y os obedecería.
Suponed que un
criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo,
¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis:
“Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y
beberás tú”?
¿Tenéis que estar
agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando
hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo
que teníamos que hacer.”»
Palabra del Señor.
HOMILIA
CREDO
ORACION DE LOS FIELES
Oremos, hermanos, por todos los hombres y por todas
sus necesidades, para que a nadie falte nunca la ayuda de nuestra caridad: Te
rogamos Señor, óyenos.
h Para
que el Señor vivifique su iglesia y le conceda santos y numerosos ministros que
iluminen y santifiquen a los fieles, roguemos al Señor.
h Para
que Dios conceda a los gobernantes el deseo de ser justos e infunda en los
responsables de los pueblos el sentido de la unidad de la familia humana,
roguemos al Señor.
h Para
que los que buscan a Dios sinceramente encuentren la verdad que desean y,
habiéndola encontrado descansen contemplándola, roguemos al Señor.
Señor Dios
todopoderoso, dispuesto siempre a escuchar las oraciones de los que tienen fe
como un grano de mostaza, danos un corazón humilde, de tal forma que, después
de haber contribuido con nuestro esfuerzo al crecimiento de tu reino,
reconozcamos que solo hemos hecho lo que teníamos que hacer y proclamemos con
humildad las maravillas de tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Recibe, Señor,
la oblación que tú has instituido, y por estos santos misterios, que celebramos
para darte gracias, santifica a los que tú mismo has redimido.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Antífona de comunión Lm
3,25
Bueno es el Señor para el que espera en él, para el
alma que le busca.
Oración después de la Comunión
Concédenos,
Señor todopoderoso, que de tal manera saciemos nuestra hambre y nuestra sed en
estos sacramentos, que nos transformemos en lo que hemos recibido.
Por
Jesucristo nuestro Señor.
Por
Jesucristo nuestro Señor.
CATECISMO DE LA
IGLESIA CATÓLICA
CEC 153-165, 2087-2089: la fe
CEC 84: el depósito de la fe
confiado a la Iglesia
CEC 91-93:
el sentido sobrenatural de la fe
153 Cuando
San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le
declara que esta revelación no le ha venido "de la carne y de la sangre,
sino de mi Padre que está en los cielos" (MT 16,17 cf. Ga 1,15
MT 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por
él, "Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que
se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que
mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a
todos gusto en aceptar y creer la verdad'" (DV 5).
La fe es un acto humano
154 Sólo es posible creer por
la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto
que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni
a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las
verdades por él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es contrario a
nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas
mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por
ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así en comunión
mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra dignidad "presentar
por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al
Dios que revela" (Cc. Vaticano I: DS 3008) y entrar así en comunión
íntima con El.
155 En la fe, la inteligencia
y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: "Creer es un acto del
entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida
por Dios mediante la gracia" (S. Tomás de A., s.th. II-II 2,9; cf.
Cc. Vaticano I: DS 3010).
La fe y la inteligencia
156 El motivo de creer
no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e
inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos "a causa de la
autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni
engañarnos". "Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese
conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu
Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación" (ibid.
, DS DS 3009). Los milagros de
Cristo y de los santos (cf. Mc 16,20 AC 2,4), las profecías, la
propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad
"son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de
todos", "motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de
la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu" (Cc. Vaticano
I: DS 3008-10).
157 La fe es cierta,
más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de
Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer
oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero "la certeza que da la
luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural" (S. Tomás de
Aquino, s.th. II-II 171,5, obj.3). "Diez mil dificultades no hacen
una sola duda" (J.H. Newman, apol.).
158
"La fe trata de comprender" (S. Anselmo, prosl. proem.): es
inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha
puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento
más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor.
La gracia de la fe abre "los ojos del corazón" (EP 1,18) para
una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del
conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre
sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, "para que la
inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona
constantemente la fe por medio de sus dones" (DV 5). Así, según el
adagio de S. Agustín (serm. 43,7,9), "creo para comprender y comprendo
para creer mejor".
159 Fe y ciencia. "A pesar de que la
fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas.
Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho
descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí
mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero" (Cc. Vaticano I: DS
3017). "Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas,
si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nuca
estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las
realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu
humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas,
aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas
las cosas, hace que sean lo que son" (GS 36,2).
La libertad de la fe
160 "El hombre, al creer,
debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su
voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia
naturaleza" (DH 10 cf.
CIC, CIC 748,2).
"Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad.
Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados...Esto se
hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús" (DH 11). En efecto,
Cristo invitó a la fe y a la conversión, él no forzó jamás a nadie jamás.
"Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los
que le contradecían. Pues su reino...crece por el amor con que Cristo, exaltado
en la cruz, atrae a los hombres hacia Él" (DH 11).
La necesidad de la fe
161 Creer en Cristo Jesús y en
aquél que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (cf. Mc
16,16 JN 3,36 JN 6,40 e.a.). "Puesto que `sin la fe... es imposible
agradar a Dios' (HE 11,6) y llegar a participar en la condición de sus
hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que `haya perseverado en
ella hasta el fin' (MT 10,22 MT 24,13), obtendrá la vida eterna"
(Cc. Vaticano I: DS 3012 cf. Cc. de Trento: DS 1532).
La perseverancia en la fe
162 La fe es un don gratuito
que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo
advierte de ello a Timoteo: "Combate el buen combate, conservando la fe y
la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe"
(1TM 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe
debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la
aumente (cf. Mc 9,24 LC 17,5 LC 22,32); debe "actuar por la
caridad" (GA 5,6 cf. Jc 2,14-26), ser sostenida por la
esperanza (cf. Rm 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.
La fe, comienzo de la vida
eterna
163 La fe nos hace gustar de
antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí
abajo. Entonces veremos a Dios "cara a cara" (1CO 13,12),
"tal cual es" (1JN 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la
vida eterna:
Mientras
que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo,
es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura
que gozaremos un día (S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th. II-II
4,1).
164 Ahora, sin embargo, "caminamos en la fe y no en la
visión" (2CO 5,7), y conocemos a Dios "como en un espejo, de
una manera confusa,...imperfecta" (1CO 13,12). Luminosa por aquel
en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser
puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo
que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las
injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden
estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.
165
Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que
creyó, "esperando contra toda esperanza" (RM 4,18); la Virgen
María que, en "la peregrinación de la fe" (LG 58), llegó hasta
la "noche de la fe" (Juan Pablo II, R MT 18) participando en
el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos
de la fe: "También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de
testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con
fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia
y consuma la fe" (HE 12,1-2).
HERMENÉUTICA BÍBLICA
DE LA FE
En la primera idea del evangelio “el Señor
compara la fe perfecta al grano de mostaza porque en su aspecto es humilde,
pero ardiente en lo interior” (Beda). El mismo Jesús enseña que “aquello que es
pequeño y escondido a los ojos de los hombres, gracias a la intervención
omnipotente de Dios, puede obtener resultados inesperados” (San Juan Pablo II).
La fe está íntimamente unida a la oración cristiana que es “la disponibilidad
interior y exterior, la voluntad de abrirse a la acción transformante de la
gracia” (San Juan Pablo II). Es la fe en el Dios Uno y Trino, fe “en su amor y
en su poder redentor, que obra en el mundo” (San Juan Pablo II).
La fe nos trasciende, “es siempre exigente,
porque nos conduce más allá de nosotros mismos. Nos conduce directamente a
Dios. La fe además confiere una visión del objeto de la vida y nos exhorta a la
acción” (San Juan Pablo II). “La fe —fiarse de Cristo, acogerlo, dejar que nos
transforme, seguirlo sin reservas— hace posibles las cosas humanamente
imposibles, en cualquier realidad” (Benedicto XVI). Los discípulos de Cristo
solamente piden crecer en la fe, “los discípulos no piden bienes materiales, no
piden privilegios; piden la gracia de la fe, que oriente e ilumine toda la
vida; piden la gracia de reconocer a Dios y poder estar en relación íntima con
él, recibiendo de él todos sus dones, incluso los de la valentía, el amor y la
esperanza” (Benedicto XVI).
Esta comunión con el Señor mediante la
oración permite madurar y superar los propios límites humanos, “en la medida en
que crece nuestra unión con el Señor y se intensifica nuestra oración, también
nosotros vamos a lo esencial y comprendemos que no es el poder de nuestros
medios, de nuestras virtudes, de nuestras capacidades, el que realiza el reino
de Dios, sino que es Dios quien obra maravillas precisamente a través de
nuestra debilidad, de nuestra inadecuación al encargo” (Benedicto XVI).
En cuanto a ser siervos inútiles, segunda
idea del evangelio, “servir a Dios es confesar que no se tiene valor para nada
sin el auxilio de su divina gracia. Como diciendo: Después que yo me he
complacido por medio de tu predicación y cuando me halle alimentado en los
convites del arrepentimiento, tú pasarás y te alimentarás eternamente con los
manjares de mi eterna sabiduría” (Beda). No podemos jactarnos de nuestro
servicio al Señor porque “has hecho lo que debías hacer. Le adora el sol, le
obedece la luna, le sirven los ángeles y nosotros no debemos alabarnos porque
también le servimos” (San Ambrosio). Es por misericordia divina que el Señor
premia nuestro humilde servicio.
El servicio en la fe se acrisola en las
pruebas: “Las dificultades internas y externas no deben hacernos pesimistas o
inactivos. Lo que cuenta —aquí como en todo sector de la vida cristiana— es la
confianza que brota de la fe, o sea, de la certeza de que no somos nosotros los
protagonistas de la misión, sino Jesucristo y su Espíritu” (San Juan Pablo II).
Esta conciencia de ser instrumentos en las manos del Señor, permite al servidor
hacer “con humildad lo que le es posible y, con humildad, confiará el resto al
Señor. Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos
nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas” (DCE
35).

Comentarios
Publicar un comentario