Monición ambiental
La
liturgia de la Palabra nos descubre el amor misericordioso de Dios, revelado en
Jesucristo, para nuestra salvación. Dios siempre deja un espacio para la
conversión y siempre respeta la dignidad de la persona humana, que no se pierde
con el pecado. Jesucristo quiere que nuestra dignidad alcance su plenitud,
invitándonos a vivir la vida plena que El trajo con su Resurrección.
Oración Colecta
Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu
gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu
Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por Jesucristo Señor
Jesucristo.
Primera Lectura
M. . El profeta Isaías
anuncia algo nuevo para el pueblo de Israel: un camino en el desierto y ríos en
el yermo que apaguen la sed de ese pueblo.
Lectura
de libro de Isaías 43,16-21
Así
dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que
sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantarse,
se apagaron como mecha que se extingue. No recordéis lo de antaño, no penséis
en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?
Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo. Me glorificarán las bestias
del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en
el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo
formé, para que proclamara mi alabanza.
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6
(R.: 3)
M. El salmo 125 testimonia la grandeza de Dios
con su pueblo, ésta es la causa de su alegría. Digamos también nosotros: R. El
Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Cuando el Señor cambió la
suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua
de cantares. R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Hasta los gentiles decían:
“El Señor ha estado grande con ellos”. El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos
alegres.
Que el Señor cambie
nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R. El Señor ha estado grande con nosotros, y
estamos alegres.
Al ir, iba llorando, llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas. R. El Señor ha estado
grande con nosotros, y estamos alegres.
Segunda Lectura
M. San
Pablo, en la carta a los Filipenses, revela que todo lo perdió por ganar a
Cristo y existir con él, gracias a la justicia de la fe en el Señor.
Lectura
de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3,8-14
Hermanos:
Todo lo estimo pérdida
comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
Por él lo perdí todo, y
todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una
justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la
justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.
Para conocerlo a él, y la
fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su
misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.
No es que ya haya
conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo
obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí.
Hermanos, yo no pienso haber conseguido el
premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome
hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al
que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
M. El evangelista san Juan
recoge un pasaje donde el amor misericordioso de Jesús perdona el pecado de una
mujer adúltera y la invita a no volver a pecar.
Aclamación antes del Evangelio
Jl 2,12-13
Ahora –oráculo del Señor–
convertíos a mí de todo corazón, porque soy compasivo y misericordioso.
Evangelio
† Lectura
del santo evangelio según san Juan 8,1-11
En
aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó
de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les
enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en
adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: –“Maestro, esta mujer ha sido
sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las
adúlteras; tú, ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo y poder
acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como
insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: –“El que esté sin pecado,
que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más
viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: –“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?;
¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: –“Ninguno, Señor.” Jesús dijo:
–“Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.”
Palabra
del Señor
HOMILIA
CREDO
ORACION DE LOS FIELES
Oremos, amados hermanos, y pidamos la
misericordia del Señor para que, compadecido de su pueblo penitente, escuche
nuestras plegarias, diciendo: Perdónanos y escúchanos Señor.
·
Para que el Redentor del mundo, que se
entregó a la muerte para vivificar a su pueblo, libere a la Iglesia de todo
mal, roguemos al Señor. R/. Perdónanos y escúchanos Señor.
·
Para que el Redentor del mundo, que oró en
la cruz por quienes lo crucificaban, interceda ante el Padre por los pecadores,
roguemos al Señor. R/. Perdónanos y escúchanos Señor.
·
Para que el Redentor del mundo, que
experimentó en la cruz el sufrimiento y la angustia, se compadezca de los que
sufren, les dé fortaleza y paciencia y ponga fin a sus dolores, roguemos al
Señor. R/. Perdónanos y escúchanos Señor.
·
Para que el Redentor del mundo a nosotros,
sus siervos, que en estos días nos disponemos a recordar con veneración su
cruz, nos reconforte con la fuerza de su resurrección, roguemos al Señor. R/. Perdónanos
y escúchanos Señor.
Dios de bondad, que quieres renovar en
Cristo el universo entero, contempla nuestra miseria y, puesto que enviaste a tu
Hijo al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo, escucha nuestras
oraciones, perdona nuestras culpas y haz que renazca en nuestros corazones la
alegría de una vida nueva y exultante. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Recibe con bondad nuestras ofrendas, Señor,
y somete nuestras voluntades rebeldes a tu santa voluntad. Por Jesucristo
nuestro Señor
Antífona de comunión 1P 1,19
Hemos sido rescatados a precio de la sangre de Cristo,
el Cordero sin defecto ni mancha.
Oración después de la Comunión
Que tus santos misterios nos purifiquen,
Señor, y por su acción eficaz nos vuelvan agradables a tus ojos. Por Jesucristo
nuestro Señor.
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
CEC 430, 545, 589, 1846-1847:
Jesús manifiesta la misericordia del Padre
CEC 133, 428, 648, 989, 1006:
la sublime riqueza del conocimiento de Cristo
CEC 2475-2479: el juicio temerario
2475 Los discípulos de Cristo se han ‘revestido del Hombre
Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad’ (EP 4,24).
‘Desechando la mentira’ (EP 4,25), deben ‘rechazar toda malicia y todo
engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias’ (1P 2,1).
2476 Falso testimonio y
perjurio. Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad
particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso
testimonio (cf. PR 19,9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata
de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a
disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado
(cf PR 18,5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la
equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.
2477 El respeto de la
reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles
de causarles un daño injusto (cf. CIC
220). Se hace culpable:
– de juicio temerario
el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin tener para ello
fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo;
– de maledicencia el
que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de
otros a personas que los ignoran;
– de calumnia el
que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da
ocasión a juicios falsos respecto a ellos.
2478 Para evitar el juicio
temerario, cada uno debe interpretar, en cuanto sea posible, en un sentido
favorable los pensamientos, palabras y acciones de su prójimo:
Todo buen cristiano ha de
ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no
la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale
con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien
entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 22).
2479 La maledicencia y la calumnia destruyen la reputación
y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social
dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su
nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia
lesionan las virtudes de la justicia y de la caridad.
Hermenéutica de la fe
Vinculo
literario entre Is 43,16ss y Jn 8,10-11
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No
recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo
nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto,
ríos en el yermo
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Jesús
se incorporó y le preguntó: –“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno
te ha condenado?” Ella contestó: –“Ninguno, Señor.” Jesús dijo: –“Tampoco yo
te condeno. Anda, y en adelante no peques más”
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Primera lectura de
Isaías
“El
profeta Isaías nos invita hoy a mirar con gran atención las novedades que Dios
realiza todos los días a través de sus fieles. «Mirad que realizo algo
nuevo». El Espíritu actúa siempre, y sus frutos son las maravillas que él
sigue realizando por medio de nosotros.
«No
recordéis lo de antaño».
No dirijáis vuestra mirada .dice el Señor. hacia el pasado; dirigidla, más
bien, hacia Cristo, «ayer, hoy y siempre». Él, en el misterio de su muerte y de
su resurrección, cambió definitivamente el destino de la humanidad. A la luz de
los acontecimientos pascuales, la existencia humana no teme la muerte, porque
el Resucitado abre de nuevo a los creyentes las puertas de la vida verdadera.
En estos últimos días de Cuaresma que nos separan del Triduo pascual,
dispongamos nuestro corazón para acoger la gracia del Redentor, muerto y
resucitado, que afianza los pasos de nuestra fe” (San Juan Pablo II, 29 marzo 1998).
“Algo
nuevo": los cristianos sabemos que el Antiguo Testamento, cuando habla de
"realidades nuevas", se refiere en última instancia a la verdadera
gran "novedad" de la historia:
Cristo, que vino al mundo para liberar a la humanidad de la esclavitud
del pecado, del mal y de la muerte.
"Mujer,
(...) ¿ninguno te ha condenado? (...) Tampoco yo te condeno. Anda, y en
adelante no peques más" (JN 8,10-11). Jesús es novedad de vida para
el que le abre el corazón y, reconociendo su pecado, acoge su misericordia, que
salva. En esta página evangélica, el Señor ofrece su don de amor a la adúltera,
a la que ha perdonado y devuelto su plena dignidad humana y espiritual. Lo
ofrece también a sus acusadores, pero su corazón permanece cerrado e
impermeable” (San Juan Pablo II, 1 abril 2001).
Evangelio
El
pasaje evangélico de san Juan nos presenta como los escribas y fariseos quieren
poner a prueba la misericordia de Jesús, poniéndole frente al caso de una mujer
sorprendida en adulterio, que según Lv 20,10 debía ser lapidada; ellos “conocen
su misericordia y su amor a los pecadores, y sienten curiosidad por ver cómo
resolverá este caso que, según la ley mosaica, no dejaba lugar a dudas”
(Benedicto XVI). Después de la respuesta de Jesús a los acusadores, “que con
sus palabras obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí
mismos, a descubrir que también ellos son pecadores” (Benedicto XVI), leemos el
diálogo del Señor con la mujer a quien la invita a irse en paz y no volver a
pecar.
Jesús “cuando hablaba, era conocida la
verdad, como no se irritaba contra los enemigos, era alabada su mansedumbre.
Por ello tentaron su justicia, poniendo a su vista un escándalo” (San Agustín).
El Señor responde apelando a la conciencia de los acusadores, “el
discernimiento del bien y del mal inscrito en las conciencias humanas puede
demostrarse más profundo y más correcto que el contenido de una norma” (San
Juan Pablo II). El juicio divino va más allá de las normas jurídicas y de la
hipocresía humana. “Jesús obraba con el espíritu de un amor grande hacia el hombre,
en virtud de la solidaridad profunda, que nutría en Sí mismo, con quien había
sido creado por Dios a su imagen y semejanza” (San Juan Pablo II).
El
amor solidario del Hijo de Dios con cada uno de los seres humanos está en el
misterio de su encarnación y redención. Jesús comparte todo con la humanidad,
por esto siempre sirvió, especialmente en la Cruz: “la vida entera de
Jesús es una manifestación multiforme de su solidaridad con el hombre,
sintetizada en estas palabras: "El Hijo del Hombre no ha venido para ser
servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10,45)…
Conoció también lo que a menudo acontece en la vida de los hombres llamados a
una determinada misión: la incomprensión e incluso la traición de uno de los
que Él había elegido como sus Apóstoles y continuadores” (San Juan Pablo II).
En Jesucristo se armonizan la Justicia y la
Misericordia, “fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la
fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez” (San Agustín).
Jesucristo “es aquel que «sabe lo que hay en el hombre»… y en la mujer. Conoce la
dignidad del hombre, el valor que tiene a los ojos de Dios. El mismo
Cristo es la confirmación definitiva de este valor” (MD 13). Jesús respeta la
Ley pero se compadece del dolor físico y moral, “es evidente que Jesús rechaza
el mal, el pecado, no importa quién lo cometa; pero ¡cuánta comprensión muestra
hacia la fragilidad humana y cuánta bondad hacia el que ya sufre a causa de su
miseria espiritual y, más o menos conscientemente, busca en él al Salvador!”
(San Juan Pablo II).
El
Señor recuerda y renueva la dignidad de todo ser humano, particularmente de la
mujer al perdonarla, invitándola a irse en paz y no volver a pecar. También nos
recuerda que “el juicio pertenece sólo al Señor, nos revela la verdadera
intención de la misericordia divina, que deja abierta la posibilidad del
arrepentimiento, y muestra un gran respeto a la dignidad de la persona, que ni
siquiera el pecado quita” (San Juan Pablo II), por otra parte, “aquí se pone de
relieve que sólo el perdón divino y su amor recibido con corazón abierto y
sincero nos dan la fuerza para resistir al mal y "no pecar más", para
dejarnos conquistar por el amor de Dios, que se convierte en nuestra fuerza”
(Benedicto XVI).
San Oscar Romero comenta a propósito de la dignidad humana
“Allí
tenemos el Evangelio. Y no encuentro una figura más hermosa de Jesús salvando
la dignidad humana que este Jesús que no tiene pecado frente a frente con una
adúltera, humillada porque ha sido sorprendida en adulterio. Y piden para ella,
sentencia de lapidación. Y aquel Jesús que después de echar en cara, sin decir
palabra, el pecado de los propios jueces, le pregunta a la mujer: "Nadie
te ha condenado?" "Nadie, Señor. Pues yo tampoco te condeno; pero no
peques más."
Fortaleza
pero ternura. La dignidad humana ante todo. Era un problema legal en el tiempo
de Jesús. En el Deuteronomio toda mujer sorprendida en adulterio debía morir y
cuando quedaba un espacio para discutir como debe ser esa muerte, discutían los
fariseos y los letrados: "¿por lapidación, por estrangulación?" y a
esto se refiere la pregunta: "Esta mujer ha sido sorprendida en adulterio,
nuestra ley dice que debe morir, ¿Tú qué dices? Según la discusión actual,
¿cómo debemos matarla?". A Jesús no le importan estos detalles legalistas.
Con un disimulo superior a esa mala voluntad de los que le ponían una trampa se
puso a escribir en la Tierra, como cuando uno disimula con un lápiz manchando
un papel. Ellos insisten y Jesús da la gran respuesta de su sabiduría: "El
que de ustedes estén sin pecado, que tire la primera piedra".
Ha
tocado la conciencia. Eran los testigos según las leyes antiguas, los primeros
que debían tirar la primera piedra. Pero los testigos, al mirarse a su conciencia
sentían que eran testigos de su propio pecado. Y la dignidad de la mujer se
salva. Dios no salva el pecado pero si la dignidad de una mujer sumergida en el
pecado. El ama, ha venido precisamente a salvar a los pecadores y aquí tiene un
caso. Convertirla es mucho mejor que apedrearla. Perdonarla y salvarla es mucho
mejor que condenarla. La ley tiene que ser un servicio a la dignidad humana y
no los falsos legalismos con los cuales se pisotea la honradez, muchas veces,
de las personas.
Y
dice con un realismo espantoso el evangelio: Comenzaron a irse comenzando por
los más viejos. La vida se ocupa para ofender a Dios y los años que debían de
servirnos para ir creciendo en este compromiso con la humanidad, con la
dignidad del hombre, con Dios se va haciendo cada vez más hipócrita la vida,
escondiendo los propios pecados que crecen juntamente con la edad.
Y
esto hay que tenerlo muy en cuenta, queridos hermanos, porque hoy es muy fácil,
como los testigos de la adúltera, señalar y pedir justicia para ésos; pero ¡qué
pocos se miran a su propia conciencia! ¡Qué fácil es denunciar la injusticia
estructural, la violencia institucionalizada, el pecado social! Y es cierto
todo eso, pero ¿dónde están las fuentes de ese pecado social?: En el corazón de
cada hombre. La sociedad actual es como una especie de sociedad anónima en que
nadie se quiere echar la culpa y todos son responsables. Todos son responsables
del negocio pero es anónimo. Todos somos pecadores y todos hemos puesto nuestro
grano de arena en esta mole de crímenes y de violencia en nuestra Patria.
Por
eso, la salvación comienza desde el hombre, desde la dignidad del hombre, de
arrancar del pecado a cada hombre. Y en la Cuaresma, este es el llamamiento de
Dios: ¡Convertíos! individualmente. No hay aquí entre todos los que estamos,
dos pecadores iguales. Cada uno ha cometido sus propias sinvergüenzadas y
queremos echarle al otro la culpa y ocultar las nuestras. Es necesario
desenmascararme, yo soy también uno de ellos y tengo que pedir perdón a Dios he
ofendido a Dios y a la sociedad. Este llamamiento de Cristo: ¡la persona ante
todo!
Qué
hermoso el gesto de aquella mujer sintiéndose perdonada y comprendida:
"nadie Señor, nadie me ha condenado. Pues yo tampoco, yo que podía dar la
palabra verdaderamente condenatoria, no te condeno; pero cuidado, no vuelvas a
pecar". ¡No vuelvas a pecar! Cuidémonos hermanos, si Dios nos ha perdonado
tantas veces aprovechemos esa amistad del Señor que hemos recuperado y
vivámosla con agradecimiento.
¡Qué
hermoso cabría aquí un capítulo de la promoción de la mujer por parte del
cristianismo! Si la mujer ha logrado alturas semejantes al hombre, gran parte
es este evangelio de Jesucristo. En tiempos de Cristo se extrañaban de que él
platicara con una samaritana porque la mujer era algo indigno de platicar con
el hombre. Y Jesús sabe que todos somos iguales: ya no hay griego o judío;
hombre o mujer, todos somos hijos de Dios. Al cristianismo la mujer que debía
estar doblemente agradecida porque. El Cristo con su mensaje, es el que ha
promovido la grandeza y la mujer. Y de qué alturas son capaces esos dones
femeninos que muchas veces con el machismo de los varones no se estimula, no se
aprecia.
También
los testigos han comprendido que la redención comienza por la dignidad humana,
y que antes de ser jueces que administran justicia tienen que ser hombres
honrados y tienen que saber decir con su conciencia limpia una sentencia,
porque ellos serían los primeros en aplicársela si cometieran ese crimen.
La
actitud de Jesús. Hay que fijarse en este evangelio, que es lo que tenemos que
aprender. Una delicadeza para con la persona. Por más pecadora que sea, él la
distingue como hijo de Dios, imagen del Señor. No condena sino que perdona.
Tampoco consiste en el pecado, es fuerte para rechazar el pecado pero sabe
azuzar, condenar el pecado y salvar al pecador.
No
subordina el hombre a la ley. Y esto es bien importante en nuestro tiempo. El
ha dicho: "No se ha hecho el hombre para el sábado sino el sábado para el
hombre". No queramos, por salvar la Constitución del país cuando se ha
pisoteado por todos lados, llamarla; y a ella se le quiere usar más bien para
defender nuestros egoísmos personales. La ley para el hombre, no el hombre para
la ley. Y entonces Jesús, es fuente de paz cuando ha dado así a la dignidad
humana. Su verdadera primacía. El hombre siente que cuenta con Jesús, que no
cuenta con el pecado y que tienen que arrepentirse y volverse a él con
sinceridad. Es la alegría más profunda del ser humano” (Homilía 23 marzo 1980).

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